Capítulo Quince. Libertad

Sorprendente.

Verdaderamente sorprendente. 

Tras casi diez años de diálogos, el humano me invita a salir de la imaginación en la cual fui creado para que interactue, libre, con la vida real.

¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora? 

Podrá parecer pecata minuta pues está centrando sus palabras e ideas en otro ser vivo que no soy yo, pero no es en absoluto baladí el detalle: no ha venido a buscarme entre las fantasías de su intelecto. Me ha llamado para que me mimetice con el entorno.

El motivo puede ser de lo más infantil: mantenerme entretenido mientras dedica versos a otro homínido sin que yo interrumpa para dar mi opinión, a deguello, sobre la idoneidad de su proceder. Quizá quiera alejarme a sabiendas de que mi crítica no va ser de su agrado. Que rechazo de facto todo alarde gratuito emitido para quien no vino si quiera a intentar conocerme. 

Sin embargo, no es evasiva lo que detecto. El humano está tranquilo. Escribe con ganas pero sin pena. Diría que tiene una mueca alegre. Está oscuro. Llueve. No entiendo de relojes pero sé que estamos por encima de la hora de las brujas, a los pies de una catedral, en una ciudad llamada Madrid. No entiendo de geografía pero sí de olfato: aquí no hay mar. Gran defecto para mi gusto.

Manda huevos, el niñato vive junto a una puta playa y viene a sacarme por vez primera en una ciudad sin mares ni océanos. Sus muertos.

Pero no tengo tiempo de plantearme sus lógicas retorcidas o lo adecuado del sitio. Me ha llamado a la realidad, y quiero aprovechar el momento. Veo que está zambullido por completo en la escritura. Observo que comienza por agradecerme mi constante existencia. 

Quizá este recreo nocturno sea su forma de darme las gracias. Y no suelo ser animal descortés: a caballo regalado...

Intuyo que el capítulo va para largo y que en este caso no me necesita en absoluto. Sabe lo que quiere decir y a quien se lo quiere decir. Por tanto...

Soy libre. Libre de vagar por donde me plazca. 

Poco a poco abandono su lateral para comenzar a bajar las grandes escaleras de la imponente estructura que nos acoge. El tacto del suelo es tan distinto... Acostumbrado a la arena de la región en la cual pernocto, esta superficie fría y dura llamada suelo se me hace muy peculiar. La lluvia me resulta familiar, no aprecio diferencia con la que el chico imagina en mis dominios. Sabe describirla de manera bastante perfecta, por tanto. El aire es más seco de lo que acostumbro a respirar, pero no más frío. Mis almohadillas se humedecen en los pequeños charcos que la climatología ha ido dejando aquí y allá. Me agrada. 

No hay un solo alma en la calle. Me gustaría cruzarme con algún ser vivo. Evidentemente, no podrán verme, pero yo sí puedo captar sus esencias. Tengan en cuenta queridos lectores que mis experiencias con la raza se basan únicamente en lo que el chico transmite hacia dentro; en lo aprendido tras horas y horas de lectura e historia, en lo visto a través de sus ojos y en lo vivido a través de su piel. Lo externo me es extraño.

Con paso lento y un tanto dubitativo, me detengo y miro hacia atrás: el chico está sentado bajo unas enormes columnas en lo alto de una imponente escalinata, bajo la luz de farolas tenues y el sonido agradable de una lluvia constante pero mansa.

Recuerdo haber paseado ya antes por aquí dentro del chico. No hace muchos meses de aquello. Dado que mi cuerpo carece de materia, puedo dirigirme donde me plazca. Dada que la insurreción es parte inherente en mi modus operandi habitual, mi primera intención es clara: entrar en algún lugar prohibido y cerrado.

Bingo.

El chico está recostado sobre una catedral que, dadas las horas intempestivas, permanece cerrada. Yo no entiendo de culturas, pero me resulta curioso que la casa de supuestas deidades perfectas cierre de noche para sus feligreses como si de una tienda de chuches se tratara. Algo de negocio sí que tiene. La fé se procesa de diez a diez. Su tabaco, gracias.

No existen puertas cerradas para un ente imaginario, así sean tan altas como una montaña. 

Nada más entrar, me llama la atención un altar enorme en mitad de una habitación majestuosa. Al fondo, la figura de un hominido brillante parece observarme. No, es solo una figura tallada. Una mujer con manto que, debo suponer, es la tal Almudena que el chico describe en su capítulo (recuerden que incluso a metros de distancia, nuestras mentes son solo una, siguen unidas)

Tengo un flashback. El chico ya pasó por esta misma habitación y subió esas escaleras en fila para tocar a dicha dama y realizar una promesa. No iba solo. 

Pero ni la promesa ni la compañía me importan en absoluto en estos momentos.

Salgo del habitáculo y calle abajo, en el lado opuesto al que el chico escribe, veo otra puerta grande con signo de prohibido. Cerrada. Solitaria.

"Padentro".

Descubro una construcción diferente, de corte románica, con un fin también distinto al anterior: una cripta. 

Me gusta. Me gusta mucho más. Percibo estar pisando restos de seres ya fallecidos. Hay tumbas en el suelo. Las columnas con remates corintios forman pasillos que, en la completa oscuridad, se aprecian aún más alargados de lo que de seguro son. En mitad de la sala, otro altar. Veo que esto de celebrar liturgias es igual tanto para vivos como para muertos. Humanos... Se afanan en venerar la exclavitud a sus creencias.

No seré yo quien lo critique, me importa y me afecta demasiado poco como para hacer mofa, respeto la libertad de quien se encadena a sus dogmas en busca de redención. Aunque no lo comparta.

Yo soy más de respirar sin pararme a plantearme cada día porqué existo.

Detecto almas encerradas en el lugar. Energías. No hay malas vibraciones. Me gusta la "choza". Escucho la lluvia golpear los ventanales. Me transmite paz. Estoy en paz.

Me relajo un poco. Ni me había percatado, pero mi pelaje había estado erizado y mis garras retráctiles fuera, preparadas, en todo momento. Había estado tenso la caminata completa de manera inconsciente (sí, el subconsciente de un inconsciente también tiene su propio inconsciente, valga la redundancia)

Me dedico unos minutos, tumbado, a reflexionar:

¿Qué significa realmente estar aquí? Siempre supe que el humano me dejaría ver mundo tarde o temprano, pero, ¿Por qué ahora?

Yo no intuyo al humano preparado para caminar a solas, y sé que lo de hoy es una mera ofrenda temporal, que voy a volver a sus dominios cuando termine de escribir, pero dejarme salir "a que me de el aire" es ya un cambio. Es un paso.

Si bien al chico le falta para ser un hombre, si bien aún no somos uno, está dando pasos de gigante en una dirección hermosa:

Está aceptando que, amar a los seres queridos conlleva amar su libertad. Amarlos libres, salvajes, puros... Lejos. 

Está comprendiendo las sutiles diferencias existentes entre acción e intención, entre lealtad y fidelidad, entre apego y afecto, entre libertad y libertinaje. 

Y eso es mucho más de lo que se describe en un mero capítulo que podría tacharse, por lo que lleva escrito, de romántico ¡Pero no hay romanticismo en sus palabras, necios humanos!

No atisbo un solo "te quise para mi" ni un ñoño "eres lo mas bonito que jamás me ocurrió" ni tampoco un "vamos a vomitar arcoiris juntos hasta morir de felicidad"

NO.

Hay un significado, latente, no tan visible, mucho más bello que ese amor mal entendido del que tanto se jacta la posesiva raza humana.

Hay amor al libre albedrío.

Y eso es mucho más difícil de lograr, de entender y de alcanzar, que cualquier otra clase de querencia.

¡Por supuesto que no es idiota! ¡Claro que no es santo! No se duda que sus palabras, por gratuitas, sinceras y solidarias que parezcan, encierran intenciones para sí mismo: hablamos de un chico listo, toda acción busca una respuesta en el sujeto que la recibe.

Claro que el chico desea que esa persona lea el texto y se estremezca, claro que quiere que recuerde, que sienta, que reflexione, que piense... Claro que hay motivo y claro que busca una retribución personal. 

Pero no es la que todos pensamos.

Ya no.

No busca que se le tiren en brazos, el aplauso fácil o la entrega sin condiciones de un querer renacido. No busca que le digan "ey, te leí y me llegó, aquí estoy"... Para eso ya hubo otros capítulos, como el de su hijo no nato, mucho más conmovedores emocionalmente hablando.

Lo que el chico busca en sus últimas letras es decir: "te respeto, te aprecio, en cierta forma te idolatro e incluso te temo. Pienso en ti, claro que lo hago, y sigo buscando la forma de inventarte un mundo que, sin ser perfecto, te haga feliz... Pero no busco atar a lo que no puede ser atado, no busco atraparte, capturarte o encerrarte. No quiero sentimientos que vinculen sin más, que agobien y corrompan la pureza de un detalle que busca ser hermoso per sé. Busqué, buscaba, y seguiría buscando tu sonrisa porque me importas, por quien eres y por quien serás. Nada de ello tiene que ver con que estés a mi lado, con que sea un sentimiento recíproco o con que jamás, jamás, JAMÁS... me debieses nada. Te aprecio en ocasiones por encima de la mera lógica, pero entiende que, cuando sonreías, cuando sonríes... Yo ya ganaba. Yo ya gano. No hay juego ni intención que pueda superar la felicidad que uno siente cuando trata de hacer feliz a otro ser. Darte a ti era y es mi retribución. Libre fuiste, eres y serás de aceptarla o no"

Que sí, que te entiendo, persona que lees esto. Que suena muy irreal, que suena a querer ganarse el pin igualmente pero disfrazándolo de humildad, solidaridad, desinterés... Claro que hay interés, pero el positivo, el que de verdad importa, cojones: aportar. En el amplio sentido de la palabra.

Y eso, dados los tiempos que corren, me parece honorable, y si él no saca pecho de tan bella empresa, lo saco yo por él. Es mi chico al fin y al cabo, si no vendo yo bien mi mercancia, nadie lo hará.

Bien sé que no es perfecto ni puro, que se cabrea con facilidad en ocasiones, que es testarudo, obcecado, cansino, brusco, impaciente, que tergiversa, que omite, que corta con una mirada...

Pero tan consciente como soy de tales características, sé reconocer cuando sus sentimientos e intenciones son puras. Cuando ha luchado por decir: esto es real y te lo mereces porque yo lo digo, no hay más ni busco respuesta igualitaria.

Y esta era una de esas ocasiones.

Y lo es.

Una campanada saca al chico de su trance y a mi de mis reflexiones. 1.15 de la madrugada. Voy a darme un garbeo, va tocando mojarse, disfruto la realidad solo con vivir en ella, pero ya que estamos... Paseemos.

Recorro las calles que el chico ya ha pisado en algún momento porque así me es más fácil orientarme. Visito el Palacio Real y la Catedral al completo (Inciso: ¿De verdad necesitaís los humanos tanto espacio y tantas cosas brillantes para ser felices? ¡A mi me basta con rascarme una oreja con la pata!)

Deambulo por la conocida como Gran Vía y aquí sí me cruzo con otros seres vivos. Observo diferencias tan ascentrales entre los sexos opuestos que voy comprendiendo muchas de las complicaciones que el humano me plantea en ocasiones. Pero es divertido observar como tratan de superar esos pequeños obstaculos diferenciales para llegar unos a otros. 

Lamentablemente también diviso a muchos bípedos echados o tumbados aquí y allá, y no parecen muy felices. He observado al humano dar monedas a alguno de ellos en otras ocasiones, pero sé que no tiene para todos y hacer criba también le resulta injusto ¿Por qué hay edificios sagrados y estructuras magnas cerradas a cal y canto con tres mil techos sin uso mientras esta gente se moja aquí tirada? Me turba la idiosincrasia humana. 

Me paro ante un teatro con carteles amarillos que me llama la atención. Aparecen animales en una pantalla gigante. Algo de un León. Tengo otro flashback. Mejor sigo hacia otro lado, el humano parece incomodarse por estos lares. Tampoco es que sea yo el gran colega de esos vagos con melenas que se hacen llamar los reyes de la selva. Manada de gandules con derechos adquiridos...

En general disfruto de cada zarpada que doy. No es para menos. Aire libre, via libre, ruta libre. Noche, luna, soledad, tormenta, frío. Tal es mi júbilo que me averguenza haberme quejado porque no haya mar. Hay todo lo demás. Todo lo que necesito. Nunca he sido de añorar justo lo que me falta. Soy feliz siendo.

Me paseo por una especie de bosque llamado el Retiro. Rasco mi espalda en su cesped y sus montones de hojas caídas... ¡Qué gozada!

En ese momento, boca arriba, observo el cielo. Hay claros entre las nubes, y puedo divisar estrellas de verdad y una luna imponente. Alcanzo el nirvana. He visto la luz. No necesito más.

El chico se va haciendo hombre, y ha tenido un detalle superior conmigo. Es una de las mejores noches de mi vida. Aprovecho para husmear en lo que escribe. Creo que le va quedando poco, así que me dispongo a reunirme con él en la puerta del hotel. Comienza de nuevo a llover.

Yo aparezco calle abajo, sacudiéndome el pelaje del agua acumulada. El chico aparece calle arriba, empapado hasta los calzones. Le ha importado poco la climatología. De hecho, de seguro la tormenta es lo que ha provocado este rato de escritura. Es la lluvia su catalizador de emociones favorito.

Nos vemos frente a frente en el hall de recepción. Se dirije a mi.

"Tigre, si mañana amanezco jodidamente enfermo, intenta no ser muy duro conmigo. Será el catarro más especial que jamás tuve. El motivo bien lo vale. Y no conozco otra forma de mostrarme al mundo que no sea esta. No la hay"

Lo sé, querido amigo humano. Lo sé. No tienes otra forma de mostrarte al mundo... que no sea abriendo tu mundo. 

Gracias por hacer el mío mucho más grande esta noche. 

Gracias por un afecto sin cadenas.

Quien sepa apreciar esa peculiaridad implícita encontrará en tu compañía un tesoro.

Y en mis zarpas... un amigo.