Capítulo Veintitrés. Sempiterna

Noche gris de alta marejada.

Un oleaje violento recorre de punta a punta nuestra playa. El viento sopla con fuerza, haciendo que la arena levantada duela en mi pelaje. Me han despertado sensaciones poco placenteras, y me dirijo al espigón donde, sin duda, el chico me espera. Lo siento débil. Lo siento hundido. Lo siento aturdido y frágil. Pero lo peor es que lo siento...automutilado.

Al llegar a la roca donde en otras ocasiones conversó con seres queridos, me quedo perplejo. El chiquillo está sentado hablando con el pequeño que mandamos hibernar a la luna y con la figura oscura que casi acaba con nuestra existencia meses atrás. El joven los escuchaba atentamente, como si tratara de aprender de ellos. La situación me parecía del todo surrealista, pero no observaba confrontación o predisposición bélica en ninguno de los tres. Estaban conversando de igual a igual.

Bramé de tal forma que ni la ventisca pudo desviar la dirección sonora de mis palabras.

- ¿Pero qué mierda haces hablando con estos, humano? ¡Después de todo lo que nos hicieron pasar!

El chico me frenó en seco. Pude ver en su mirada que algo grave ocurría, y estaba buscando respuestas en los lugares más inverosímiles de su propio ser. Me replicó:

- No te confundas, querido amigo. No sé si has leído mi reflexión anterior titulada "conflicto", pero quizá se me olvidó añadir algo importante a tales pensamientos: 

Cuando uno discute, lo hace reflejando en el otro su propio dolor. Disparamos nuestras quejas, nuestro miedo, nuestros talones de Aquiles y los proyectamos sobre la persona que, creemos, nos está haciendo mal.

En no pocas ocasiones, cuando discutimos, lo estamos haciendo con nosotros mismos. Discutimos porque algo no va como nos gustaría; porque una voz dentro de nosotros tiene deseos que no estamos cumpliendo.

Y cumplir nuestras necesidades y deseos debe depender única y exclusivamente de nosotros mismos. No del de enfrente. Volcamos esperanzas e ilusiones y cuando no se nos corresponden, utilizamos la falacia argumentaria del reproche. 

Pero es inútil. Nada se nos debe, nada debemos. Se entrega lo que se quiere. Se recibe lo que se nos quiere entregar. Lo que para mí pueda resultar una minucia, para la otra persona quizá sea un mundo.

He tardado mucho en comprender, mi amado tigre, que he estado reflejando en el mundo y en las personas que quiero... lo que quería que el mundo me regalara a mi. He estado implorando de manera subjetiva; con una voz perdida, con un grito ahogado en mi interior, que sigue reclamando a quien no procede, el ser aceptado. El ser suficiente. El ser valorado.

No debo seguir esperando que nadie me dé nada: me lo puedo dar yo mismo. Me lo debo dar yo mismo.

Nadie va a regalarme un ramo de rosas, ni me va a llevar a París, ni va a reunir a mis mejores amigos para darme una sorpresa, ni va a decirme que soy el mejor día, tras día, tras día... Y eso no hace al resto del mundo cruel o desinteresado. Simplemente, no aman como yo amo. Pero diferente o distinto, no significa peor o mejor. No se pueden comparar emociones entre almas diferentes.

Pero eso no significa que no amen. De seguro lo hicieron. Quizás, aún lo hagan. Aunque ya apenas se demuestre, aunque haya más silencios, distancia y ausencias... que caricias.

Me hago totalmente responsable y culpable de todo aquello que perdí, y que he perdido. Y no soy quien para valorar si fue merecido perderlo. El victimismo y la subjetividad me impedirían realizar un juicio sano libre de ataduras y apegos.

Pero no me arrepiento de mis apegos. Nunca me arrepentiré. El mundo moderno le tiene pánico a los apegos, olvidan con demasiada facilidad que muchas de las mejores cosas que ha realizado la humanidad a lo largo de su historia han tenido que ver con el amor. Que sí, que también las peores atrocidades han llevado por bandera los aires de supuestos romances... ¿Pero acaso no es amar, no es la pasión, lo que debe mover el mundo?

Yo deseo que mi pasión, mi locura, me sigan llevando en volandas, porque sin ellas no habría cometido la mitad de acciones inverosímiles de mi vida. Y han sido las mejores. Han estado cargadas de solidaridad, belleza y sentimiento. Si la pasión es un tipo de apego obsesivo... Quiero ser un obseso. Quiero morir en los brazos de aquello que amo, y poder volver a acariciar su espalda horas y horas mientras susurro:

"ESTO es lo MÍNIMO que le debes pedir a alguien que diga quererte"

"ESTO es lo MÍNIMO que le debes pedir a alguien que diga desvivirse por ti"

Porque no es tan difícil hacer sentir bien a alguien. No es tan difícil cuidarse, mimarse, quererse, apoyarse, sincerarse. Completarse.

No es tan difícil, amigo mío. Para mi no lo es. No lo fue. No lo será.

Y es por ello, querido tigre, que hoy puedo conversar con mi pasado, que puedo charlar tranquilamente con este niño nacido en la inventiva de un recuerdo y con este ser al que denominamos erróneamente odio.

No es un agente externo, tigre: el odio que combatimos hace meses no venía de fuera. Siempre estuvo dentro. Todo su genio, toda su crueldad y toda la violencia que se desató provenían únicamente de mi forma de aceptar y asimilar las situaciones. Jamás del mundo.

Nadie quiso atacarme, ni a nadie quise atacar.

Es por ello que uno debe hablar con su propio odio. Tratar de comprenderlo, comprender sus motivaciones, tratar de comprender porqué nace, porqué late, porqué siente lo que siente. Entrar en conflicto con uno mismo solo nos hace tomar decisiones equivocadas.

Cuando el cansancio y el hartazgo lo nublan todo, cuando saltas a lo mínimo, cuando las personas que más te valoran y te aman son las que más te cansan... El problema es tuyo, amigo.

Y por ello no volveré a culpar a nadie de la falta de amor que yo mismo no supe darme.

Mi odio se peleaba desde dentro con mis decisiones porque entendía que estaba dando demasiado a los demás sin darme a mi mismo. Que no me había dado la oportunidad de perdonarme. Que no me había dado la oportunidad de perderme para encontrarme. Que no me había recuperado.

Todos tenemos ego en mayor o menor medida. Y en la dosis correcta, no es un enemigo: es un agente de autovaloración que exige retribuciones. 

Porque nadie merece implorar a nadie por cinco putos minutos. Porque si a alguien no le sale dártelos, si no eres una prioridad en la vida de otro ser vivo que te importa, debes aceptar tu rol secundario y apartarte. 

Que darse contra un muro que no cede es un suicidio en vida.

Y de muertes injustas e innecesarias, ya están los cementerios repletos.

Es por ello que me ves aquí sentado, mirando al mar, charlando con quien no se esperaría, y "disfrutando", no sin cierto -mucho- amargor, de mi momento. De esta soledad necesaria.

[...]

El tigre quedó mudo. Hacía tiempo que el chiquillo no hablaba con tanta seguridad en sus palabras. No importaba que pudiera estar equivocado en sus valoraciones o que sus reflexiones fuesen matizables: el humano había hablado desde el corazón, y cuando alguien expresa su forma de sentir de manera sincera y sin ánimo de lastimar a nadie, se podrán debatir argumentos pero jamás el contenido principal. Quizá sí, las formas.

Y justo las formas, era lo que más se podía reprochar del humano. Pero aprenderá. La letra, con sangre entra. 

Y es que ese es el problema en muchas ocasiones: las personas discuten por las formas, no por el contenido. Nos disparamos como escopetas de fogueo y no somos capaces de ponerle límites a nuestra puntería. Nos hacemos daño, cuando es lo último que queremos hacer.

Nos equivocamos.

El tigre estaba apunto de dar réplica a su ya-no-tan-pequeño homínido cuando otra figura apareció desde el fondo, alzando levemente la voz con cierto tono de reclamación:

- ¿Me estás diciendo entonces que todo lo que me diste no lo merecía y que lo hiciste sólo esperando una recompensa?

Todos los personajes que se encontraban de frente se pusieron en pie -salvo el tigre, obvio. Se mantuvo a cuatro patas- de manera solemne y con lentitud, pues tenían a la silueta de cara y supieron de la importancia del momento que estaba apunto de sucederse.

El chiquillo, de espaldas, giró levemente su cabeza y entendió el proceder de sus compañeros. 

ERA SERENDIPIA.

Como si de una escena de película se tratara, los tres personajes no necesarios para el diálogo (el odio, el tigre, el niño) se hicieron a un lado y con gestos leves, invitaron al muchacho a acercarse a la dama que, con lágrimas saltadas, esperaba una respuesta.

El chico comenzó a hablar con un nudo en la garganta.

- En absoluto, preciosa. Bien sabes que todo lo que di y todo lo que daría por ti, lo haría de buen gusto en mil vidas si falta hiciera.

- No quiero metáforas, quiero sinceridad.

- Estoy siendo sincero, nena. Lo que pasa es que no logras comprender cómo puedo decir que me partiría un brazo por ti si ni siquiera estoy a tu lado y si soy capaz de vociferarle a aquello que adoro. Muy sencillo, mi vida: porque me he equivocado al intentar satisfacer tus deseos sin satisfacer los míos. Creí erróneamente que haciéndote feliz yo sería feliz. Y claro que verte sonreír me daba y me da la vida.

Pero como todo ser humano, tengo mis días, cariño. Tengo mis necesidades y tengo mis vacíos internos. Y aunque las personas deben complementarse, no puedes añadir piezas en un puzzle que no existe. Tengo mis taras, pero no creas que intento justificarme por ello. Las padezco. Pero a tu lado, las padecía menos. Minimizabas mis defectos. Que no son pocos.

Yo me enamoré de ti porque vi mi futuro reflejado en la ilusión de tus ojos, serendipia.

Pero por algún motivo esa ilusión se desvaneció. Y no encontré consuelo tratando de culparme. No sirvió de nada llorar. No sirvió de nada luchar porque es un imposible luchar por ser una prioridad en la vida de alguien si no lo eres primero para ti mismo. No encontraba respuestas claras y de seguro el pánico a no ser lo que esperabas se apoderó de mi.

No quise seguir sintiéndome tan mal ni hacerte sentir mal y que volvieses a preguntarme que no sabías qué esperaba yo de ti.

Yo no esperaba nada, de verdad te lo digo. Yo era tan del viento como tú lo eras, mi dulce veleta.

Simplemente jugamos al azar y resultó que nos encontramos. Resultó que además de ganas de reír y bailar, había dos almas que conectaban, que se entendían, que congeniaban en mil aspectos. Y creo que lo siguen haciendo. Creo que seguimos conectando. Creo que seguiría siendo bello vernos desde fuera.

Pero para forjar un futuro que merezca la pena, hay que andar el presente. No vale el pasado. Para bien y para mal, no vale lo que hayamos vivido juntos. Vale lo que vivamos desde el ahora.

Valdrá el seguir soñándote incluso cuando no desee hacerlo.

Te pido perdón por haberte hecho partícipe de responsabilidades que no te correspondían. Que jamás debí permitirte decir que le pondrías tiritas a todas y cada una de mis heridas. Que el alcohol a veces escuece y uno se queja de dolor justo a quien lo está curando, haciendo sentir mal a quien no lo merece.

Debí intentar curarme solo antes para disfrutar a tu lado de las cicatrices de guerra.

Para contarte mil y una batallas... No para que las vivieras en directo. He cometido el grave error de hacerte creer que mi dolor y mi furor me definen, cuando jamás quise ser juzgado por las voces elevadas ni los aspavientos iracundos.

He cometido el mayor de mis errores justo contra el mayor de mis aciertos.

Y duele como su puta madre. Sigo en shock. Lo estaré un tiempo. No podré mirarme al espejo de pura vergüenza, pero no habrá culpabilidad o lágrima que apacigüen lo ya versado. Lo ya escupido. Quedará intentar superarse en el día a día. No hay otra.

La chica lo interrumpió:

- ¡¿Y qué hay de mi dolor!? ¿¡Qué hay de lo que provocaron tus reflexiones en mi pecho!?

- Y qué sabes tú de mi dolor, ¿Corazón? ¡No podemos jugar a tratar de comparar quién lastimó más a quién porque jamás fue intención de ninguno de los dos! Se cometen errores, se dicen palabras que duelen, se toman decisiones equivocadas... Ocurre cada día, la gente la caga, la cagamos, pero nadie es malo por naturaleza, nadie quiere herir, nadie desea dañar de tal modo.

Me faltará infinito para decirte cuánto lo lamento, pero mi penitencia no arreglaría nada.

Puedo aceptar que mis palabras no sean de tu agrado. Pero acepta tú que esta vez, que por una vez... Piense en mi dolor antes que en el tuyo.

Mas no olvides que el mayor de mis dolores fue el haberte herido.

Incluso tratando de centrarme en mi, eres mi motivo principal. 

No quise hacerte sufrir, y no deseo seguir sufriendo. Debo dejarte ir. Debo dejarme ir. Y sobre todo y ante todo: no tomes por reflexión válida todo aquello que se pronuncia en un momento de confrontación. No es excusa ni es exculpatorio, pero es la verdad.

Parte de mi verdad, al menos. No espero que ello calme tu ira, tu pena o tu decepción con mi persona. Sólo quería matizar aquello que según tú, no era matizable.

Para mi, cuando se quiere, todo se puede reargumentar y debatir. Tú lo intentaste y te creí. Me sirvió. Me condenó también. Merecidamente.

Lamento no haber abierto menos la boca entre los temblores de un apocalípsis no deseado.

Sentí que no me quedaban argumentos que ofrecerte para sacarte una sonrisa. Sentí que mis detalles ya no te llenaban. Sentí que mis buenas intenciones no eran bien recibidas. Sentí que te agobiaba. Sentí la distancia, el vacío, sentí el dormir cada uno para un lado distinto de la cama. Sentí un interrogante que me ha matado sin resolverlo.

Y no deseaba seguir intentando descifrar tus motivos, que de seguro serán lícitos y válidos.

Te lo dije cuando te conocí y no mentía: me apartaría si no te veía feliz. Lo que no te dije es que también me alejaría si la falta de pasión y ganas hacían mella sobre mis temores. Pero tampoco quisiste entender que alejarse no significaba perderse o dejarse. Por ejemplo, tu implícita distancia no se interpretó jamás como un deseo de abandonarme. Yo sólo pedía la misma comprensión. No quería remar la cresta de la ola sin tu apoyo. Me daba igual que no cogieras los remos, necesitabas descansar, de verdad que lo entendía: me bastaba con que siguieras en el mismo barco. Yo remaría por los dos el tiempo que fuese necesario. Semanas, meses, años...

No he sabido hacerlo mejor joder, pero ¿Sabes? Aún tengo las manos entumecidas de lo fuerte que insisten en sujetar los remos para que no se ahoguen por completo y se pierdan en el fondo de un mar tan profundo como oscuro.

No me da la gana de soltarlos y si decides cambiar de barco o de rumbo, viajaré a solas hasta darme de bruces con tu siguiente navío. Aprenderé. Mejoraré. Pelearé.

Quiero dejar claro que soy feliz por haberte conocido, Serendipia. Muy feliz. Soy feliz por todo lo que aportaste, soy feliz por haberte tenido en mis brazos, por haberme hecho sentir importante, ¡El rey del mundo! Eras mi sueño, y de seguro lo seguirás siendo.

Me duele que me sepa amargo lo más bonito que me ha ocurrido en la vida...
... Pero más me dolería que no hubieses ocurrido.

[...]

La chica temblaba. No quería un abrazo, pero tampoco quería no sentir el cuerpo del muchacho, quizá por última vez. Se entrelazaron. Se dieron la mano, no con la rutina de quien da la mano todos los días: se dieron la mano con el cariño de quienes quisieran no haber traspasado los límites verbales que derivan en debacles emocionales.

Se querían. Se quieren. Se duelen. La chica comenzó a desvanecerse entre los recuerdos del joven cargada de lágrimas, sabiendo que aquello era más cuestión de deber que de querer. Le susurró al oído:

- Por favor, jamás te negaré la palabra. Háblame cuando quieras...

El chico, ya roto de dolor sabiendo lo que se esfumaba entre sus brazos, musitó:

- Sé que me conoces como nadie jamás llegó a conocerme, y justo por ello sabes que no te dirigiré una sola palabra mientras no me sienta digno para hacerlo. Pero no dudes ni por un segundo que estaré deseando saber de ti, que me muero por retroceder el tiempo al instante justo en el que te hice sufrir, que esto ha sido pegarse un tiro en el pie, y que ojalá me hubiese apuntado a la sien ya que estamos. Te quiero, Serendipia. No me olvides.

[...]

El chico quedó unos segundos abrazando la nada, y donde debió estar la figura de aquello que nunca quiso perder, apareció un precioso anillo de plata y meteorito. Lo recogió, lo besó, y se lo puso en el dedo anular de la mano izquierda. Un gemido leve nació de su garganta.

"Sí quiero, sí quise, sí querré."

[...]

Con la cara totalmente descompuesta y fuera de sí, se dirigió a su paternal tigre, sabiendo de antemano que estaba apunto de pagar, una vez más, con quien no lo merecía:

- ¿¡LO ENTIENDES!? ¿ENTIENDES AHORA PORQUÉ QUERÍA COMPRENDER A MIS DEMONIOS? ¿ENTIENDES PORQUÉ QUERÍA CURAR ESTA NEGRURA ANTES DE CAER ENAMORADO? ¡POR EL MIEDO A PERDER ALGO JODIDAMENTE IMPORTANTE, JODER! ¿¡DÓNDE ESTABAS!? ¿¡DÓNDE MIERDA ESTABAS!? ¿¡DÓNDE ESTABAN TU TEMPLANZA, TU MADUREZ, TU SABIDURÍA, TUS CONSEJOS CUANDO LOS HE NECESITADO!? ¿¡DE QUÉ ME VALEN TUS REFLEXIONES SI NO PUEDO MANTENER A MI LADO AQUELLO QUE AMO!? LA HE ASUSTADO JODER!!! LA DAÑÉ, LA MATÉ, ME MATÉ!!! NO ME HAS AYUDADO... NO ME HAS AYUDADO A SER FELIZ!!! NO SOY MEJOR PERSONA, NO SOY QUIEN CREÍA SER!!! LE HE FALLADO, ME HE FALLADO, ME HAS DEJADO CONVERTIRME EN TODO AQUELLO QUE DETESTO... SOY... SOY UN OGRO JODER...

[...]

El joven cayó al suelo, de rodillas, bañado en lágrimas y sin consuelo alguno. Con la mirada perdida miraba al cielo, implorando un toque de gracia que lo rematara. Cobarde, por no saber afrontar ser víctima de sus propias actuaciones. Su niño imaginario sollozaba abrazado a la figura oscura. Incluso ésta, símbolo de toda su frialdad, no pudo evitar sentir cierta lástima por la escena vivida. Sí, nuestros miedos y temores son ejes de mejora que nos deben servir para evolucionar pero... ¿A qué precio?

El tigre se acercó lentamente al joven, a sabiendas de que no podía tomarse a pecho las palabras proferidas por el humano segundos atrás. Siempre fue un bocazas en momentos de tensión. Siempre le pudo el dolor. No tomarlo en serio era la mejor forma de no desvirtuar la imagen del buen hombre que quería llegar a ser.

Un buen hombre que acababa de romperse a sí mismo.

El felino apoyó en la espalda del joven su peluda cabeza, y con calma, sentenció:

- Yo siempre estuve y siempre estaré, humano. No puedes culparme por tus defectos, no puedo yo tampoco culparte por ellos. Cada persona tiene sus resortes, sus mecanismos, y en ocasiones saltan cuando menos los necesitas. Mis consejos sólo son válidos si los escuchas y aplicas. Y sé que lo has estado intentando, sé que ibas por buen camino y que esto ha sido un tropiezo. Un grave tropiezo, no lo dudo. No tengo palabras de alivio balsámico ni de apoyo. Vas a tener que sortear solito la enorme roca que has lanzado en tu propio camino. Y no te va a ser fácil.

Decía Nietzsche "Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti". Te habías acostumbrado a la confrontación en lugar del diálogo en tu quizá-demasiado-reciente pasado, y no has sabido cambiar tu rol a la hora de discutir en esta nueva aventura. Era tu tarea pendiente y lo sigue siendo. Serendipia lo llenó todo de felicidad, y eso te hizo obviar la terapia que deberías haber realizado a solas.

Pero sé valiente, compañero. Entiendo tu debilidad actual, entiendo la flaqueza y la falta de fe en ti mismo. Entiendo que no te reconozcas. Pero el hecho de que no lo hagas es ya señal suficiente de que no estás a gusto definido en términos tan negativos y periorativos. Lucha. Lucha por cambiarlos. 

Lucha por y para ti. Lucha por lo que te importa. No te hundas, no te rindas, no desistas.

Que si hay o hubo amor, no se desvanece tan fugaz como un recuerdo.

Y que si lo necesitas, hasta a liar cigarrillos te enseñaré.

[...]

Serendipia, el tigre al habla. Si estás leyendo esto, no voy a decirte nada que no sepas ya. Lamentablemente ha habido que modificar el final de este capítulo, pero el libro aún no ha terminado. Y tú bien sabes de libros personales, aunque no se te hayan entregado. Has llegado a conocerlo casi tanto o más que yo, así que sólo puedo desearte lo mejor, decirte que duele horrores y prometerte una mejor versión de absolutamente todo en esta vida. Una mejor versión de él mismo, de ti misma, de la historia, de las circunstancias, de las rutinas y de los sueños que te/os quedan por completar.

De un modo u otro, juntos o separados, todo irá a mejor.

Gracias por haber llegado hasta su corazón. Llevo conmigo tus tiritas. Quédate tú con sus pañuelos, pequeña mocosa. Pero ante todo y sobre todo... No llores más, pequeña. Nunca llores.

Si él merece tus lágrimas, volverá para provocarte sonrisas.

 Y si no las merece, no serán necesarias para volver a sonreír.

Gracias, desde el más profundo corazón, por todo.

De forma sempiterna...

...El joven y el tigre.