Capítulo Veintiséis. Familia


Una sala en silencio sepulcral.

El joven, con su mejor traje, permanece a la expectativa.

Un par de minutos más, se dice.

La luz de la habitación es tenue, y el foco principal está sobre el chico y un imponente piano de cola.

Es día de concierto. Examen trimestral.

Ha pasado la noche en vela ensayando una y otra vez. Escribió la canción hace varios meses, y por fin puede volcarla desde sus manos. Toda nota compuesta tiene nombre y apellido, y sabe que en cada leve roce de los dedos con las teclas de marfil sintético, su alma va a crujir como la rama que se parte en seco.

La sala que nos acoge tiene capacidad para unas noventa personas. Sin contar al jurado, sólo tres personas ocupan asientos en el público.

Su madre, su padre, su hermano.

Un par de minutos más, vuelve a repetirse mentalmente.

Pero se rinde. Sabe que es inútil seguir esperando. Nadie más va a aparecer por esa puerta que no para de mirar con una ilusión descorazonada.

Su profesor le da la orden de comenzar.

Antes de lanzarse al vacío, piensa en mi, su amado tigre. Y en mi mundo irreal... se desata y se propaga una tormenta. Cae la lluvia, pero ni siquiera busco refugio: deseo observar al joven desde la orilla. Bien pegado al mar y con mis patas sumergidas en el agua. Quiero sentirlo como él lo va a sentir y quiero que el joven me perciba lo más cerca posible.

Inicia el recital.

La composición es de una belleza tan particular como la mente de su creador. Hay sentimiento en cada movimiento. Toca con los ojos cerrados, no necesita una guía visual cuando su corazón habla.
Los cambios de ritmo son como la poesía que se acelera, las escalas se combinan buscando transmitir una sensación tan directa como agridulce: hablan los sonidos de sus dedos de amor, pero también de soledad desgarradora.

La obra es emotiva y evocadora. El jurado se inunda de las sensaciones que el joven, no ya con su técnica, si no con su forma de interpretar, va demostrando durante toda la función.

Su hermano escucha con atención e ilusión. Su padre lo observa orgulloso. Su madre, conocedora de toda la verdad interior de su hijo, tiene sensaciones encontradas: feliz por ver a su descendencia crecer y expresarse, pero con un nudo en la garganta porque bien sabe que cuando su hijo escribe o compone, recita o ensaya, está abriendo su mundo al mundo exterior.

Está mostrándose desnudo ante un universo que no siempre lo comprende.

Que no siempre lo valora.

Conocedora de que en mucha de su preciosa armonía... se encierra siempre una melancolía triste y caótica. Como una balada convertida en réquiem dedicada y ejecutada para aquellos que no están.

Que ya no estarán.

En mi territorio sigue lloviendo. El mar se enfurece en los pasajes acelerados del muchacho. La partitura va llegando a su apogeo, el joven tensa del primero al último de sus músculos, aprieta la mandíbula y cierra los ojos con mayor fuerza. El teclado y sus manos forman uno, su cuerpo no existe, ni falta que hace; lo veo trasladarse imaginariamente a miles de conversaciones, recuerdos y lugares recorridos en compañía.

Una compañía que no está presente en la cruda realidad.

La melodía va reduciendo el tempo para dar entrada a un final lento, muy lento, cargado de silencios que arañan el alma, precioso pero desangelado y afligido. Real.

El joven termina, y con ello sale del trance. Abre los ojos y vuelve al contexto no imaginario.
Los asistentes aplauden con solemnidad tras una pausa cargada de significado.

El chico observa a su familia. Cruza la mirada con su madre. Realiza él una media sonrisa lateral que no habla de felicidad, si no de haber sido honesto consigo mismo y con los demás mostrando fuera lo que alberga dentro.

Ha compartido su espíritu sin hacer uso de caretas ni falsas alegrías.

Ha sido verdadero y así el jurado lo reconoce con una calificación excelente.

El chiquillo no puede evitar volver a escudriñar esa puerta que habría deseado escuchar abrirse durante su periplo musical.

Pero sigue cerrada. Nadie nuevo entre el público al abrir los ojos.

Se esfuerza por mostrar su mejor sonrisa mientras su madre y servidor, conocemos el verdadero significado de cada uno de sus gestos.

Baja del escenario y tras abrazar a su hermano y a sus progenitores, saludar al jurado y estrechar a su profesor, solicita salir un momento para ir al baño.

Se dirige al final de la sala para empujar la puerta que nunca se tornó.

"Quizá sí que pudiera haber alguien detrás, esperando" se dice mentalmente.

Alguien que llegó tarde y no quiso molestar, pensando que el ruido de su aparición a destiempo podría importunar al artista y desconcentrarlo. Sacarlo de su trance.

Con una mezcla de falso positivismo e ingenua fantasía abandona la sala cruzando el vano bajo el dintel y...

Oscuridad. Vacío. Al otro lado no hay nadie.

No hay nada.

De hecho mira atrás y se da cuenta de que no puede volver. Ya no hay sala, no hay salida, no hay camino... no hay vida.

Queda atrapado en algo difícil de definir pero que ya ha transitado en otras ocasiones.

Por la intención de buscar a quien no estaba, se encuentra perdido, aturdido, desamparado, y crece a su alrededor una sensación inequívoca de miseria y derrota.

Se le acelera el pulso, la tensión se dispara. Intenta gritar pero no hay aire. Intenta recordar pero no hay memoria.

Olvida incluso la canción que con tanto amor había compuesto, se olvida de la música, de su nombre y de su propia existencia.

Todo lo que le queda es una imponente y malherida sensación de abandono absoluto.

Por último, antes de desintegrarse entre las sombras, se acuerda de mí.

Y en su última mirada cargada de lágrimas puedo divisar con claridad una simple pregunta:

"¿Pero... Por qué?"
...

El humano despierta entonces de un salto, empapado en sudor.

El silencio de la noche hace aún más palpable la soledad.

Reacciona. Vuelve en sí. Pero la última sensación descrita lo ha acompañado de entre los sueños y persiste ahora en su cama.

Para colmo cae en la cuenta: aún no sabe ni tocar el piano.

No puede expresar lo que siente al mundo real; no puede verbalizarlo y que se le entienda, porque aún no sabe volcar sus ideas y composiciones en un directo.

Se siente pequeño. Muy pequeño.

Pero al menos, piensa, tras la puerta cerrada de su pequeña habitación, su familia descansa.

Hay que valorar lo que se tiene, se repite una y otra vez.

Mucho peor es la muerte que vivir un mal sueño.

Mucho peor que un recital a solas, es un funeral.

Pero por mucho que lo intenta, por mucho que trata de centrarse en lo bueno... Una lágrima silenciosa, indefensa y desvalida, surca su rostro en dirección a la almohada. Y aunque deseara con todas sus fuerzas interpretar el mundo, su vida, sus sueños y sus miedos de mejor forma...

Hoy no puede.

Y yo sólo puedo observar, incapaz, bajo la lluvia. Esa que no distingue realidad de ensoñación, pesadilla de sueño.

La misma puta lluvia de siempre.

(D.E.P.)