Capítulo Veintiocho. Serendipia (II)

Y recité en la distancia:

Fue el instinto de supervivencia.
O quizás fue de egoísmo.
Fue clara ausencia de empatía.
O fue lo de "es otra vez lo mismo"

Y es que al final ya daba igual.
Ni la razón ni el corazón
Se comprendían ni encontraban.
Tratar de hablar era un error,
Pero el silencio... los mataba.

Mas de la muerte a un funeral,
Un trecho largo nos quedaba.
Sacó sus garras mi mentor,
Y del desquicio nos salvaba.

Mas al mirar alrededor
Grité "dolor" al no ver nada.
¡Mas son tan sabios sus rugidos!
Convirtieron alaridos
En resortes de escalada;
En paciencia por lo herido.
En amor a la ascensión.
Que en error yo había caído.
Y ni veía el precipicio...
En el cual ya me encontraba.

Que con la vista así vendada.
Y sin las voces adecuadas
Anduvimos tan perdidos...
Y perdimos la virtud, la bondad... Y la mirada.

Y fue una voz, de madrugada
Que se hizo guía en la ventura.
La soledad ya no apenaba,
Nuestra sonrisa mejoraba
A la locura dio cordura,
Al desamor, una patada.

Susurraba sobre la luz.
La oscuridad la desechaba.
El corazón recomponía
Con mil palabras de alegría
Y la energía acelerada;
Iniciativa proactiva
de juventud inagotada
Que avivaba los resortes
De mi alma aletargada.

Y perdí las pesadillas.
Y al dormir, solo soñaba.
A esa voz le componía...
Y a mi tigre le cantaba.

Sinfonías, melodías, mil historias le contaba.

No podía ver su rostro.
Pero sé que estar... Estaba.

Fue la noche y fue mi día.
Fue mi sol y madrugada.
Fue la luna y fue mi diosa.
Yo su adonis, su moreno, compañero... Su morada.

Voz sin rostro que me guías.
¿Dónde puedo verte alzada?
Y buscando en los resquicios,
Ascendiendo en la escalada
No nos fuimos percatando
Del avance que lograba.

¡Fortaleza en la batalla, que la guerra está ganada!
Repetía mi felino cuando el aire me faltaba.

("Contigo arriba, siempre arriba", versión actual y actualizada)

Y ascendía y ascendía,
Y del suelo me apartaba.
Y los llantos que eran ríos,
Charcos secos se quedaban.

Mas que humano fui veleta
¡Ya no andaba, ya volaba!
Y al mirar a lo profundo
Del lugar en el que estuve
Dije atónito y perplejo:
¡Pues joder qué suerte tuve!
De cruzarme con tu voz.
Vi en las sombras el reflejo...
¡De que muy perdido estaba!

Y seguí el sonido limpio
De la voz que no callaba.
De esa voz que en mi seguía.
Y que de lejos nos guiaba.

La busqué entre los recuerdos
De una vida no olvidada.
La busqué entre las caricias
De una espalda desnudada.

La busqué en el corazón,
Y la busqué en la carcajada.
La busqué entre la inconsciencia,
En la aventura más arriesgada,
En la pasión y en el deseo,
Entre las flores regaladas,
En el rincón de nuestra playa,
Y entre la cera derretida... de mil velas apagadas.

La busqué en el riesgo de no saber.
En el redoble de una jugada.
Ya daba igual ganar o perder,
forzar o ceder, morder al placer o perder la tirada.

Yo lanzo las cartas al libre albedrío
Que de la baraja ya no sé nada.

Ya solo importaba volver a SER.
Que siendo yo... todo cuadraba.

Y volando libre la encontré
¿O quizá ya me buscaba?

Y por fin aterricé.

Que del infierno llegué a tu cielo.
El paraíso más sempiterno.
Cesaron noches de mal desvelo.
Incertidumbres de infiel recelo.

Y pregunté por la lealtad.
Y por las frases inacabadas.
Y resentí esa conexión
que ya creía desconectada.
Y sí, entendí la situación.
Y no le quise añadir más nada.

Que si un abrazo nos uniera...
Que si un abrazo nos salvara...

Y por fin mi corazón.
A esa voz le puso cara.
La que siempre imaginó.
La que siempre imaginaba.

Mi tigre y yo volvimos solos
De la nada rechazada,
Del abismo más oscuro
De una mente complicada
Que por fin halló la luz, halló la paz... y la calma apaciguada.

Pero la voz que nos guió.
Que me empujó, que me gritó.
Que me pensó y que yo pensaba.
Siempre llevó este mismo rostro.

Fuistes, eres y serás tú:

SERENDIPIA.