Capítulo Veintinueve. Urgencias

El tigre al habla.

Este capítulo debe leerse, irremediablemente, con esa canción puesta de fondo:

open.spotify.com/track/3hMpmmLUQJpr8cdvU4WURM?si=GknK2EPs
www.youtube.com/watch?v=21QjEy0WfPw

Es la melodía que utiliza el joven cuando quiere dejarse llevar. Cuando cae. Cuando la vida le pesa. Pero alberga también una promesa, una esperanza, una motivación: poder tocarla con sus propias manos en no más de medio año.

Y es que, siempre hay algo por lo que luchar, por lo que seguir adelante, por lo que aguantar. Hoy me gustaría hablar con él directamente, pero no es momento. Necesita descansar. Se encuentra en mis dominios, bajo una lluvia intensa. Está consciente, pero solo tiene ganas de dormir. Permanece tumbado boca abajo en la arena, con la mirada perdida, y sin intención alguna de levantarse por absolutamente nada ni nadie.

He trazado a su alrededor un círculo de protección que no puede ser traspasado. Observándolo, he descubierto que en los humanos existe una gran diferencia entre querer morir... y no tener ganas de vivir. Lo primero lo resuelve un acto tan cobarde como es el suicidio (sin querer ofender con mis palabras a quienes, de manera "racional", consideraron que seguir adelante no tenía ya más sentido). Lo segundo, más pesado y grisáceo, se resuelve a base de ilusiones.

De metas pequeñitas. Día a día. Paso a paso.

Hoy puede ser escribir un capítulo nuevo. Mañana puede ser componer algo. Ayer pudo ser hablar con alguien que pasa por un mal momento e intentar ayudar. Y así, poco a poco, uno va recomponiendo de cero toda una vida si falta hiciera.

Pero hoy no. Hoy el humano sabe a dónde viajará cuando termine el trabajo, sabe por dónde paseará, sabe lo que recordará, y volverá a casa a intentar hacer balance de lo rápido que ha pasado un año. Me gustaría poder hacerle entender una verdad como un templo, aunque ahora no sea capaz de verla:

Todo es relativo, y si se piensan las cosas con calma... Aún no ha ocurrido ni lo peor ni lo mejor en la vida de mi protagonista. Seguramente en tu vida, querido lector o lectora, tampoco. Habrás vivido momentos agradables y desagradables, decepciones y desilusiones, sorpresas y alegrías, pero PARA un segundo. Estoy totalmente seguro de que el mejor momento de tu historia, y también el peor, están aún por llegar. Eso no es ni un alivio en positivo ni debe ser una carga en negativo. Simplemente es. Nuestra juventud hace que quede tanto por experimentar, que lo que hoy parece un mundo, queda reducido a cenizas en el balance de una vida entera.

Olvidamos con demasiada facilidad que somos los guionistas de nuestra propia serie, y que siempre hay elección. Tenemos tantas oportunidades en direcciones tan dispares que necesitaríamos de una eternidad para poder recorrer todas las posibilidades.

Hablaba anoche con una persona cuya frase vital es "Si vis pacem, para bellum". Esto es: Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Y alberga tanta razón como motivos tienen los seres humanos para amar u odiar. Para el blanco o el negro. Para el hola o el adios. Para gritar o permanecer en silencio. Para el yin y el yang.

Observo de lejos al pequeño. No hay lágrimas. Tampoco hay sonrisas. Hay apatía, quizá seriedad. Sensaciones encontradas. Un nudo en el estómago tal vez o un leve quiebre en la nuez de la garganta. Le han recomendado conectar con su rabia, y aunque pudiera existir latente, prefiere la paz interior. Prefiere estar en calma, pues nada de lo que diga o haga cambiará absolutamente nada hacia atrás. Queda meditar, respirar hondo, reposar hasta recobrar el aliento, las ganas, la sonrisa, los sueños, las locuras... Volver a sentirse cómodo en sus zapatos, aunque los haya cambiado tras haber utilizado al máximo los anteriores.

No se puede decir que no intente exprimir las oportunidades que la vida le ofrece. Pero sigue tan empeñado en no fallar a su familia, a su trabajo, a sus seres queridos y a la persona que ama, que al final termina por fallarse a sí mismo, y todo cae como un juego de piezas de dominó situadas en fila india.

Piensa en ti, muchacho. Primero en ti.

Y de repente, la vida cambia en una décima de segundo: veo que el chico se tambalea en el mundo real y que no puede respirar. Está en el trabajo. Pide ayuda por teléfono, pues se encuentra sólo en una habitación. Dos compañeros acuden y lo recogen del suelo, retorcido de dolor y con signos de asfixia. El diafragma le arde. Logran llevarlo hasta la camilla del área de descanso. Yo no entiendo nada, todo se ha desarrollado demasiado rápido. Noto una mano amiga que le coge el brazo y el pecho, y como se escuchan voces que piden una ambulancia ipso facto.

El dolor en la boca del estómago es una puñalada constante y ninguna posición logra aliviar la tensión muscular. El chiquillo grita, se retuerce, llora. Avisan a sus padres. Llega la ambulancia mientras los compañeros no paran de intentar mantenerlo despierto.

Sigo crédulo, desde dentro, los acontecimientos, viendo el cuerpo en la arena de mi niño convulsionar y retorcerse. No siento miedo, pero la preocupación y el impacto me perturban.

Llega la camaradería, la familia entera al rescate. Urgencias nos espera. Electrocardiográmas, analíticas de sangre, tacs... Nada que justifique las reacciones aleatorias que se están produciendo en el cuerpo del chiquillo de vez en cuando desde hace unas semanas.

De repente me invade un odio atroz al recordar que hay personas que se tomaban a falacia que al humano el tratamiento le sentaba mal en ocasiones. Siento ganas de darle con la puta jeringuilla en un ojo a todo aquel que lo ha tratado como un simple niñato con ganas de llamar la atención. A quien lo ha tildado de mentiroso, exagerado o cuentista. Pero lo dejo pasar porque nada aportan a la situación más sensaciones negativas. No hay necesidad. Hay cosas más importantes entre manos.

Llegan los resultados poco a poco. Todo parece correcto, pero eso no me alegra: nada que indique el posible motivo de dichos episodios. Empiezan a comentar cosas que no entiendo del aparato digestivo, hernias de hiato, úlceras, esófago de barret...

Toca cita urgente y preferente con el digestivo. Verás la gracia de eso que llaman endoscopia. Se la dan, cosas de la vida, para este Jueves 24. Como gato panza arriba lucha por cambiarla al Miércoles y lo consigue. El Jueves, mi chico espera no estar por estas tierras.

Espera estar cumpliendo un sueño.

Pero sin embargo, todo este episodio hace que el propio ser se relativice a un punto de no retorno. No ha pasado nada, ha sido solo un percance leve e inesperado. Pero un contratiempo que demuestra cómo puede cambiar una vida en décimas de segundo.

De pensar en estar paseando por cierta playa a estas horas a estar dolorido en una camilla, hay un trecho largo.

Y sin embargo, cansado, levemente aturdido y reflexivo... Le da por sonreír. Al niñato le da por sonreír porque se da cuenta de la nimiedad y la brevedad de todo aquello que soñamos. De lo voraz que puede ser la vida y su contrapunto, la muerte.

Repitamos: que lo peor aún no ha ocurrido, y que lo mejor aún está por llegar... Y mientras mantenga esa fe inquebrantable, esas ganas de jugársela a todo o nada, de apostar fuerte, de no renegarse... No habrá insulto, enfermedad, contratiempo o día gris que pueda agotar su implacable deseo de superarse, cada día, un poquito más.

Perdí el miedo a perder y gané la independencia al no depender hace ya semanas. Y en mi soledad, descubrí que mis sentimientos siguen siendo puros, no siempre perfectos, pero al menos sí dignos.

Dará igual que no se me honre porque mi honor depende única y exclusivamente de mi. Y porque tirado en el suelo de un baño cerrado, roto de dolor físico, el chiquillo no pensaba en dejarse llevar por las convulsiones y perder...

Pensaba en que podría con eso y con cientos de ataques más de todo tipo: físicos, verbales, emocionales, mentales... Ataques a su integridad, a su lealtad, a sus intenciones o a su juicio.

No albergamos la derrota en ningún aspecto, y la ausencia puntual de un guerrero no es signo de no plantar batalla: sólo está sanando para volver más fuerte, más cuerdo, más noble... y más feliz.

Cumpliré mis sueños con o sin ayuda.

Y este episodio no será recordado más allá de una mera anécdota con leve susto incluido.

A los que estáis, a los que habéis estado, a los que estuvisteis, y a los que estaréis... Gracias.